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domingo, 28 de diciembre de 2008

Espectros deambulan por las ruinas de Veleia

A pesar de que el asunto no es apto para bromas, y teniendo en cuenta el día en que publico este artículo, no puedo por menos que considerar como una gran inocentada el que, al parecer, cualquier persona pueda pasearse por el interior del recinto del yacimiento de Veleia con total impunidad, como puede verse en el fotograma que os dejo a continuación, perteneciente al video del programa Cuarto Milenio, minuto 1:43.


Sin duda, dado el carácter temático del citado programa, debe tratarse de espectros viventes que nunca deberían haber aparecido en el video. Un bonito tema, para una aproximación "científica" al debate, que muy bien podrían abordar Iker Jiménez y su equipo. O quizás..., la propia Diputación Foral de Álava, responsable de la seguridad del yacimiento.

sábado, 4 de octubre de 2008

Grafitos en la iglesia de Gredilla de Sedano

Ya le dediqué un artículo a la iglesia de Gredilla de Sedano. En aquella ocasión, con motivo de la curiosa iconografía del dintel de su puerta de entrada.
En esta ocasión, me gustaría, además de hacer hincapié en la belleza general del templo, fijarme en los interesantes grafitos que se pueden encontrar allí, y como vale más una imagen que mil palabras, os dejo unas fotos como botón de muestra.
A la hora que la visité, la calidad de la luz no era la más apropiada para conseguir unas buenas fotos de grafitos, así que os animo a que os paseis por allí si os interesa descifrarlos.


¿M CCC I?, al final de la segunda linea
Debajo, parece que hay dibujos que no alcanzo a interpretar y un disco solar similar al de Moradillo de Sedano



Un perro cazando un conejo



No entiendo nada

domingo, 31 de agosto de 2008

Vacaciones y cerveza Duff


De vuelta otra vez de vacaciones, vuelvo a retomar el blog con fuerzas renovadas. No ha sido este año tan productivo como el anterior en lo referente al acopio de nueva bibliografía, pero sí que ha sido un mes pleno de tranquilidad y reposo.
He podido visitar algunos lugares que tenía en la agenda desde hacía tiempo, como Wamba y San Cebrián de Mazote, en Valladolid. También le he dado gusto a la mirada, revisitando algunas de las joyas del románico burgalés y zamorano, y en definitiva, he pasado un relajado y agradable mes de agosto. Lástima que sea, para mi, el mes más corto del año.
Sin embargo, no sé si fruto de tanta relajación y sosiego, o como consecuencia de demasiadas horas dedicadas a la televisión y al sueño, he regresado de vacaciones con una extraña sensación que me desasosiega.
Tengo entre mis recuerdos la extravagante impresión de haber compartido con Homero largas horas de siesta y conversación.
Sé que esto es imposible, que Springfield es un pueblo imaginario y que los Simpson no son más que dibujos animados fruto de la imaginación de Matt Groening. Y estos eran mis pensamientos mientras viajaba de regreso a Bilbao. Llegué a casa convencido de que todo era consecuencia de haber abandonado mi mente a la pereza y la imaginación durante demasiado tiempo, y con este convencimiento me dispuse a deshacer las maletas.
Todo habría quedado en una simple anécdota que antes o después habría olvidado, de no ser porque al abrir el equipaje, me topé con la prueba palpable de que todo había sido cierto. En la maleta me he traído la última botella de cerveza Duff que, al parecer, no nos dió tiempo a deglutir (aunque esto resulte también ciertamente extraño).

martes, 18 de marzo de 2008

Nuevo maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén

Me entero hoy, por la prensa, de la perseverancia, todavía al día de hoy, de la la orden militar de San Juan de Jerusalén, según la noticia la única orden militar existente al día de hoy, y al parecer gozando todavía de gran vitalidad, con unos 12500 miembros, aunque sus funciones, afortunadamente, se hayan restringido únicamente a labores de asistencia hospitalaria, haciendo honor a sus orígenes, pues como Caballeros Hospitalarios son conocidos en la más antigua documentación medieval que les hace referencia. En este sentido, su actividad parece considerable, según nos cuenta Iñigo Domínguez en su artículo del Correo: “Trabaja en 120 países, con hospitales, ambulatorios y servicios de atención a ancianos y discapacitados. También tiene una organización de emergencias, Malteser International, que a veces se ve con su banderita en catástrofes o conflictos armados. En total, 80.000 voluntarios y 13.000 empleados.”
El motivo de su aparición en prensa, es el de la elección de nuevo maestre para la orden, honor que ha recaido en el británico Matthew Festing, que viene a continuar la labor del también británico Andrew Bertie, recientemente fallecido.
En el artículo de prensa se incide en el carácter elitista de la orden que, aunque haya abandonado su vocación aristocrática, sigue manteniendo fuertes barreras restrictivas para la admisión de nuevos miembros.
En uno de los articulos relacionados con la noticia, se nos habla de algunas curiosidades sobre la orden, y me entero del origen del emblema característico de la orden, la Cruz de Malta, asunto al que dediqué un artículo, y parece que tiene su origen en la ciudad italiana de Amalfi, de la que los Hospitalarios tomaron su estrella de ocho puntas.

sábado, 1 de marzo de 2008

El abuelo leonés de Felipe González

A finales del siglo XIX y comienzos del XX se produce en Bizkaia un gran despeque de la actividad minera del hierro, ligada irremediablemente a la producción siderúrgica, motor del desarrollo industrial de nuestra provincia en este periodo.
El crecimiento de la demanda de mano de obra, que este desorbitado desarrollo de la actividad minera produjo, fue la causa de que numerosos hombres, provenientes mayoritariamente de las comarcas de dedicación agropecuaria menos rentables de León y Zamora, acudieran a vender su fuerza de trabajo a las diferentes explotaciones mineras que por entonces florecían.
Seguramente, la zona minera más conocida de Bizkaia sea la de los montes de Triano, lugar de origen de La Pasionaria, y con una tradición de más de dos mil años en la extracción de mineral de hierro.
Sin embargo, hay otro macizo montañoso, quizás menos conocido, que en aquellos tiempos bullía de actividad. Se trata del macizo de Alén (Sopuerta), donde se formaron, de la nada, numerosos pueblos, hoy en día desaparecidos o a punto de desaparecer. Así, por ejemplo, tenemos el caso de la Mina Federico, pueblo hace tiempo abandonado, del que se conservaban, hasta hace bien poco, los cimientos de algunas casas que fueron arrasados con un plantío de pinos por parte de la diputación. O el propio caso de Alén, hoy con una sola vecina, y que llegó a tener cuartel de la Guardia Civil y más de 500 vecinos. La Mina María, El Sel o Las Barrietas serían otros ejemplos de pueblos creados “ex novo”, fruto de la actividad minera de esta época en la comarca encartada.
Al pie de este macizo se encuentra el enclave cántabro, hoy llamado Valle de Villaverde, y hasta hace pocos años conocido como Villaverde de Trucios.
Pues bien, el motivo de toda esta perorata es el de ocuparme de uno de aquellos hombres, de nombre Pío González, que, partiendo de la provincia de León, llegó hasta estas tierras en busca de trabajo. Seguramente hiciera el viaje en el ferrocarril de La Robla, tren minero que unía Bilbao con la zona carbonera de León, ya que era natural de Valverde de la Sierra. Sea como fuere, el caso es que tuvo más suerte que la mayoría de sus paisanos y, no sólo consiguió colocarse como mozo en una vaquería del citado pueblo de Villaverde, sino que además se casó con la hija del dueño de la misma y, pasados unos años, se trasladó al pueblo sevillano de Dos Hermanas, donde se hizo cargo de otra explotación que allí poseía su suegro. Uno de los futuros nietos de esta pareja será Felipe González Márquez. Así nos lo cuentan Marta Zaldibar y Ricardo Santamaría en su libro “Villaverde de Trucios en el corazón”.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Artísticos pasos de cebra en Bilbao


En los últimos meses se ha producido un extraño fenómeno en Bilbao. Ocurre que han desaparecido algunas rayas de determinados pasos de cebra de la villa. El suceso se repite por toda la ciudad, pero no en todos sus pasos de peatones.
En un principio podría parecer algo achacable a la mala calidad de la tinta que, fruto del rozamiento con las ruedas de los coches, termina por borrarse y desaparecer. Así lo pensé, en un primer momento, al percatarme por primera vez del tema. Pero es que no, tiene que existir algún otro motivo, ya que he visto desaparecer rayas, sin ningún signo de deterioro, de un día para otro.
De esta manera, debemos pensar en un acto voluntario y premeditado de eliminación de las rayas. Ahora bien, ¿para qué?, o ¿por qué?.
¿Podría pensarse en algún tipo de juego de niños, o no tan niños?. Recordemos el origen de todos esos garabatos, aparentemente incomprensibles para el resto de los mortales, que embadurnan paredes y persianas en la mayoría de ciudades, y que no son sino firmas que forman parte de modernos juegos de adolescentes (Creo...). Sin embargo, no parece probable, ya que el esfuerzo de borrado estaría desproporcionado con el fin. La pintura se muestra bastante consistente.
Y sin embargo, como puede comprobarse en la foto, las rayas han desaparecido.
Podemos deducir por tanto, que el hecho, además de ser voluntario y premeditado, requiere un esfuerzo que no está al alcance de cualquiera.
¿Podría tratarse de un grupo mafioso organizado especializado en el robo de rayas?. Quia..., a ver cómo las colocan luego en el mercado. Demasiado engorroso, y poco rentable.
La respuesta cierta no es tan extravagante, es mucho más sencilla y acorde con los nuevos vientos que soplan por la villa. Se trata de una nueva obra de arte para las calles de Bilbao. El ayuntamiento ha contratado el diseño de los nuevos pasos de cebra al ilustre y afamado pintor neoconceptual Altwer Grüng. Podeis seguir la noticía aquí.

domingo, 14 de octubre de 2007

Hasta el moño de templarios

Con motivo del séptimo centenario del juicio al que se sometió a los templarios por parte de Felipe IV de Francia, la Iglesia Católica ha publicado la documentación, hasta ahora secreta, de aquel proceso. La publicación, con el título de “Procesos Contra Templarios “, sale al módico precio de 5.900 €. Supongo que la iglesia, tan preocupada por las economías domésticas y la general cultura, hará una posterior versión en rústica...
Pues bien, con motivo de tan egregio acontecimiento, la Euskal Telebista nos ofreció un sucinto reportaje sobre la noticia. En él, aparecía machaconamente la Cruz de Malta, supongo que confundida con la Cruz Templaria, aunque nada dijeron sobre ello en el documental, y tal vez es que no encontraron otra cosa más adecuada, o quizás les pareció de más prestancia y abolengo ésta.
Sea como fuere, el caso es que no son los únicos. Basta con encomendarse a San Google y podremos comprobar cómo son innumerables las referencias a la cruz de Malta como templaria, por ejemplo: aquí, y aquí, también aquí, y aquí, otra vez aquí, y aquí hasta se la tatúan, ¿qué hará cuando se entere de que es una cruz de malta y no una templaria?, y aquí... Es por otra parte, bastante común, también, encontrarse con esta apropiación indebida del símbolo sanjuanista en las portadas de las cansinas e inacabables series de libros que sobre la Orden del Temple se publican. Para constatarlo, basta darse un paseo ilustrativo por la sección de libros en oferta de algún gran almacén al uso.
Ante tal cúmulo de ignominias, no he podido por menos que actuar, reivindicando el símbolo de la Cruz de Malta como propio de los Caballeros de la Orden Militar de San Juan de Jerusalen, también conocida como de los Hospitalarios o de Malta. Y es que, tantos siglos sojuzgaron y sometieron a mis antepasados, que al fin uno les ha cogido hasta cariño, que se la va a hacer...
No resulta nada raro que se confundan propiedades sanjuanistas con templarias, fruto, la mayoría de las veces, del interés del escritor mediocre metido a pseudo-historiador de lo esotérico, o a los intereses turísticos del pueblo correspondiente, pero que se llegue a fagocitar los símbolos de otros es una afrenta de las estrategias comerciales ante la que no puedo permanecer callado, más que nada por amor a la verdad y en contra de la banalización de la información. Por ello, he decidido declararme blog solidario con la Cruz de Malta, y con tal fin colocaré el anagrama que aparece en este post en la barra lateral de mi blog, en señal de protesta contra la falta de rigor en la información, una lacra de nuestro tiempo.
¡La Cruz de Malta para los que se la curraron!

martes, 9 de octubre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (La liturgia)

Partiendo de Madrid, y tras visitar El Escorial, que no es del todo de su gusto, dirige sus pasos a Toledo, donde nos describe sus estrechas calles y El Alcazar, para a continuación hablarnos de La Catedral. Allí se topa con la capilla mozarábe, y cree conveniente, antes de seguir con su descripción, hacer la siguiente aclaración para sus lectores:


TOLEDO



“En la época de la invasión de los moros, los habitantes de Toledo viéronse obligados a rendirse después de un sitio de dos años, trataron de conseguir la capitulación en las condiciones más favorables, y en el número de los artículos estipulados figuraba éste: que se reservarían seis iglesias para los cristianos que quisieran vivir con los bárbaros. Estas iglesias fueron las de San Marcos, San Lucas, San Sebastián, San Torcuato, Santa Eulalia y Santa Justa. Por este medio conservaron la fe cristiana en esta ciudad durante los cuatrocientos años que duró la dominación morisca, y por esta razón los fieles toledanos fueron llamados mozárabes, es decir, mezclados con los árabes. En el reinado de Alfonso VI, cuando Toledo volvió a poder de los cristianos, Ricardo, legatario del papa, quiso abolir el rito mozárabe y substituirlo por el gregoriano, sostenido en esto por el rey y la reina doña Constanza, que preferían el rito de Roma. Todo el clero se alborotó y puso el grito en el cielo; los fieles se indignaron, y poco faltó para que hubiera motines y levantamientos populares. Asustado el rey por el giro que tomaban las cosas, y temiendo que se llegara a extremos peligrosos, calmó los ánimos como pudo, y propuso a los toledanos este mezzo termine extraño y muy dentro del espíritu del tiempo, que fué aceptado con entusiasmo por ambas partes: los aprtidarios del rito gregoriano y los del mozárabe elegirían dos campeones que lucharían para que Dios decidiera en qué idioma y en qué rito prefería ser alabado. En efecto; si en algo ha de aceptarse el juicio de Dios, debe ser en materia de liturgia.
El campeón de los mozárabes se llamaba don Ruiz de la Matanza; se señaló día. Eligióse la vega para lugar del combate. La victoria permaneció indecisa algún tiempo; pero, al fin, don Ruiz tuvo ventaja y salió vencedor en la lid, en medio de los gritos y alegría de los toledanos, que, llorando de felicidad y tirando al aire sus gorros, dirigiéronse a las iglesias a dar gracias a Dios. El Rey, la reina y la corte mostráronse muy contrariados de aquel triunfo. Dándose cuenta un poco tarde de que era una cosa impía, temeraria y cruel decidir una cuestión teológica por un combate sangriento, pretendieron que habían de acudir a un milagro, y propusieron una nueva prueba, que los toledanos, confiados en al excelencia de su rito, aceptaron de buen grado. La prueba consistía, despues de un ayuno general y de preces en todas las iglesias, en echar sobre un leño ardiendo un ejemplar del oficio romano y otro del toledano; el que saliera de las llamas sin quemar sería considerado como el mejor y el más agradable a Dios.
La cosa se ejecutó punto por punto. Colocose un leño seco y llameante en la plaza de Zocodover -que desde que es palza no vió jamás tal afluencia de espectadores-; se echaron los dos breviarios al fuego, y cada partido elevó los ojos y los brazos al cielo, rogando a Dios por el culto de la liturgia en que prefería servirle. El ritual romano, rechazado por la violencia del fuego y con las hojas dispersas, salió de la prueba intacto, aunque un poco chamuscado. El toledano permaneció majestuosamente en medio de la llama, en el mismo sitio en que cayó, sin moverse y sin sufrir el menor daño. Algunos mozárabes entusiastas pretendían incluso que el misal romano fué completamente consumido por el fuego. El rey, la reina y el legatario, Ricardo, no quedaron muy satisfechos; pero no había medio de volver sobre el asunto. El rito mozárabe se conservó, pues, y siguiose con ardor durante largos años por los mozárabes, sus hijos y sus nietos; pero, al fin, se dejó de comprender el texto y no se encontró nadie capaz de decir ni de entender el oficio objeto de tan vivas discusiones. Don Francisco Ximenez, arzobispo de Toledo, no quiso dejar caer en desuso una costumbre tan memorable, y fundó una capilla mozárabe en la catedral, mandó traducir e imprimir en caracteres vulgares los rituales, que estaban en letra gótica, e instituyó sacerdotes especiales, encargados de decir este oficio.”


Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

martes, 2 de octubre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (La moda)

Desde Burgos, pasando por Valladolid, llega hasta Madrid. Allí, en el Paseo del Prado, se detiene en la descripción de la moda española:


MADRID



“En el Prado se ven muy pocas mujeres con sombrero, a excepción de alguna papalina amarillo azufre, que en algún tiempo debió de adornar a borricos amaestrados; sólo se ven mantillas. La mantilla española es, pues, una verdad; yo había creído que no existía sino en las novelas de Crevel de Charlemagne: es de encaje negro o blanco, por lo general negro, y se coloca en la parte de atrás de la cabeza sobre la peineta; algunas flores colocadas sobre las sienes completan este tocado, que es de lo más encantador que pueda imaginarse. Con una mantilla tiene una mujer que ser más fea que las tres virtudes teologales para no resultar bonita; por desgracia, esta es la única prenda que se conserva del traje español; el resto es completamente a la francesa. Los últimos pliegues de la mantilla flotan sobre un chal, un odioso chal, y éste va acompañado de un traje de tela cualquiera, que en nada recuerda a la basquiña. Parece imposible tal ceguera, y no comprendo cómo las mujeres, que, por lo general, son clarividentes en lo que a su belleza se refiere, no se dan cuenta de que su supremo esfuerzo de elegancia llega todo lo más a asemejarlas a una petimetra de una provincia, resultado poco halagüeño. El traje antiguo resulta tan propio para el carácter de belleza y para las proporciones y costumbres de las españolas, que es, en realidad, el único posible. El abanico corrige un poco esta pretensión de parisianismo. Una mujer sin abanico es una cosa que no he visto aún en este bendito país; las he visto que llevaban zapatos de raso sin medias, pero tenían un abanico; el abanico las acompaña a todas partes, incluso a las iglesias, en donde se ven mujeres de todas edades, arrodilladas o sentadas sobre los talones, que rezan y se abanican con fervor, santiguándose de cuando en cuando a la manera española, que es mucho más complicada que la nuestra, lo que ejecutan con una precisión y una rapidez digna de soldados prusianos. El manejo del abanico es un arte completamente desconocido en Francia. Las españolas lo realizan a maravilla; el abanico se abre, se cierra, se revuelve entre sus dedos con tal viveza y tan ligeramente, que un prestidigitador no lo haría mejor. Algunas elegantes tienen colecciones de mucho precio. Recuerdo una que contaba más de ciento de diferentes estilos; los había de todos los países y de todas las épocas: de márfil, de nácar, de sándalo, de lentejuelas, acuarelas de tiempo de Luis XIV y de Luis XV, de papel de arroz, del Japón y de la China, nada faltaba; algunos estaban sembrados de rubíes, de diamantes y de otras piedras preciosas; es un lujo de buen gusto y una manía encantadora para una mujer bonita. Los abanicos, al abrirse y cerrarse, producen un débil silbido que, repetido varias veces por minuto, da su nota en medio del rumor confuso que flota en el paseo y tiene algo de raro para un oído francés. Cuando una mujer se encuentra a alguien que conoce, le hace una seña con el abanico y le dice, al pasar, la palabra abur. Ahora vamos a hablar de las bellezas españolas.
Lo que nosotros entendemos en Francia por tipo español no existe en España, o, por lo menos, yo no he tropezado con él. Cuando se dice señora y mantilla, se figura uno un óvalo alargado y pálido, grandes ojos negros coronados por cejas de terciopelo, una nariz fina un poco arqueada, una boca roja como una granada, y además de todo esto, un tono caliente y dorado que justifique el romance Elle est jaune comme une orange . Este es el tipo árabe o morisco, no el tipo español. Las madrileñas son encantadoras en la completa acepción de la palabra; de cuatro, tres son bonitas; pero no responden a la idea que uno se ha formado. Son menudas, lindas, bien hechas; el pie pequeño, la cintura cimbreada, el pecho abundante; pero tienen la piel muy blanca, los rasgos delicados y poco acentuados, la boca en forma de corazón, y podrían representar perfectamente algunos retratos de la Regencia. Muchas tienen el pelo castaño claro, y no se dan dos vueltas en el Prado sin encontrar siete u ocho rubias de todos los tonos, desde el rubio ceniza, al rojo fuerte, el rojo de la barba de Carlos V. Es un error creer que en España no hay rubias. También abundan los ojos azules; pero no son tan estimados como los negros.
En los primeros días nos costaba mucho trabajo acostumbrarnos a ver mujeres escotadas como para un baile -los brazos desnudos, zapatos de raso, flores en la cabeza y el abanico en la mano- pasearse solas en un sitio público, pues aquí no se da el brazo a las mujeres, a menos de ser su marido o un pariente cercano; se contentan solamente con ir a su lado , por lo menos mientras es de día, pues una vez de noche, la etiqueta es menos rigurosa, sobre todo con los extranjeros, que no la conocen bien.
Mucho nos habían alabado a las manolas de Madrid: la manola es un tipo desaparecido, como la griseta de París, como las transtiberinas de Roma; existe aún, pero despojada de su carácter primitivo. No lleva su traje atrevido y pintoresco; la noble indiana ha substituido a las faldas de colores vivos, bordadas de ramajes excesivos; el horrible zapato de piel ha suplantado al zapatito de raso, y, cosa tremenda, la falda se ha alargado más de dos dedos. En otro tiempo bullían en el Prado con sus ademanes vivarachos y su traje singular; hoy es difícil distinguirlas de las burguesitas y de las mujeres de los comerciantes. He buscado la manola pura sangre en todos los rincones de Madrid: en los toros, en el jardín de las Delicias, en el Nuevo Recreo, en la fiesta de San Antonio, y no he encontrado una completamente castiza. Un día, recorriendo el Rastro -el Temple de Madrid-, después de haber saltado por encima de gran número de pordioseros que dormían tendidos en tierra en medio de horribles andrajos, me encontré en una callejuela desierta; y allí vi por primera y última vez a la manola tan deseada. Era una muchacha alta y fornida, de unos veinticuatro años, al edad más avanzada a que pueden llegar las manolas y las grisetas. Tenía la tez tostada, la mirada firme y triste, la boca un poco gruesa y un no sé qué de africano en el corte de su cara. Una enorme mata de cabellos, azules a fuerza de ser negros, trenzada como el asa de un cesto, le rodeaba la cabeza, sujeta por una gran peineta de teja; llevaba en las orejas pendientes de cuentas de coral, y adornaba su cuello moreno un collar de la misma materia; una mantilla de terciopelo negro encuadraba su cabeza y sus hombros; su traje, tan corto como el de las suizas del cantón de Berna, era de paño bordado, y dejaba al descubierto sus piernas finas y nerviosas, calzadas con medias de seda negra,muy estiradas; los zapatos eran de raso, a la moda antigua, y su abanico, rojo, temblaba como una mariposa de cinabrio entre sus dedos, cargados de sortijas de plata. La última de las manolas dió la vuelta a la esquina de la callejuela y desapareció, dejándome maravillado de haber visto paseándose en el mundo real un traje de Duponchel, un disfraz de ópera. También pude observar en el Prado algunas pasiegas de Santander con su traje nacional: estas pasiegas son consideradas como las mejores nodrizas de España, y el afecto que toman a los niños es tan proverbial como en Francia la honradez de los auvernianos; llevan una falda de paño rojo de grandes pliegues, orillada de galón ancho; un corpiño de terciopelo negro, galoneado igualmente de oro, y a la cabeza, un pañuelo de colorines, todo ello acompañado de alhajas de plata y otras coqueterías salvajes. Estas mujeres son muy guapas y suelen tener un aire de fuerza y de vigor muy chocante. La costumbre de acunar a los niños en los brazos les da una actitud cimbreada, que va muy bien con el desarrollo del pecho. Tener una pasiega vestida es una especie de lujo, semejante a llevar un Klepta detrás del coche.
No he dicho nada del traje de los hombres: mirad los figurines de modas de hace seis meses en cualquier sastrería, y tendréis una idea exacta. París es el pensamiento de todo el mundo, y recuerdo haber visto un letrero en el puesto de un limpiabotas , que decía: “Aquí se limpian las botas al estilo de París.” Gavarni y sus deliciosos modelos son el fin modesto que se proponen alcanzar los hidalgos modernos: no saben que sólo lo más visto en París puede llegar a ellos. Sin embargo, haciéndoles la justicia debida, diremos que van mejor vestidos que las mujeres, y tan charolados y tan enguantados de blanco como es posible ir. Sus levitas son correctas y sus pantalones aceptables; pero la corbata ya no es de la misma pureza, y el chaleco, la sola prenda del traje moderno en que puede mostrarse la fantasía, no es siempre de un gusto irreprochable.”

Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

sábado, 29 de septiembre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (La Cartuja y el Cid)

Antes de abandonar la ciudad de Burgos, de la que describe, con los más inflamados adjetivos, sus más conocidos monumentos y algunas de sus joyas legendarias, como el Cofre del Cid, o el Cristo de Burgos con sus tres huevos de avestruz (curiosamente el francés nos habla de tres huevos cuando, hasta hace poco, eran cinco los que estaban a los pies del Cristo, aunque hoy, tras su restauración, han vuelto a su estado original de tres), el viajero pasa a visitar la Cartuja, abominando de su lamentable estado de conservación, consecuencia exclusiva, según él, de la Desamortización de Mendizabal, realizada cuatro años antes de su visita, y de las guerras civiles. Parece además querer justificar la razón de su viaje, la especulación con obras de arte, aduciendo su irremisible pérdida, de otro modo.
No cita, curiosamente, quizás por desconocimiento, las labores de saqueo y destrucción que en el lugar realizaron sus compatriotas durante la francesada.
Pero veamos cómo nos la describe:


BURGOS


“Antes de salir de Burgos fuimos a visitar la Cartuja de Miraflores, situada a una media legua de la ciudad, y en la que se ha permitido vivir a algunos pobres frailes ancianos y enfermos, en espera de su muerte.
España ha perdido mucho de su carácter romántico con la expulsión de los frailes, y no veo que haya ganado mucho en otros respectos. Edificios admirables, cuya pérdida será irreparable, y que hasta aquí se habían conservado en toda su integridad, se hundirán y se desmoronarán, añadiendo sus ruinas a las ruinas tan frecuentes en este desdichado país; y se perderán, sin provecho para nadie, riquezas inmensas en cuadros, estatuas y objetos de arte de todas clases. Bien podrían, a mi juicio, imitar nuestra revolución en otra cosa más práctica que en su estúpido vandalismo. Degollaos los unos a los otros por vuestras ideas, abonad con vuestros cuerpos los empobrecidos campos asolados por la guerra; pero la piedra, el marmol y el bronce, en que puso su mano el genio, son sagrados y debeis respetarlos. Dentro de dos mil años nadie se acordará de vuestras luchas civiles, y el porvenir sólo sabrá que fuisteis un gran pueblo por unos fragmentos maravillosos encontrados entre los escombros.
La Cartuja está enclavada en una colina; su exterior es austero y sencillo: muros de piedra gris, techumbres de tejas, todo para el pensamiento, nada para los ojos. Por dentro, grandes claustros, frescos, silenciosos y enjalbegados, puertas de celdas, ventanas emplomadas en las que se ven algunos asuntos piadosos en vidrios de color, entre ellos una Ascensión del Señor, de una composición muy original: el cuerpo del Salvador ya ha desaparecido; sólo se ven sus pies, cuya huella ha quedado impresa en una roca rodeada de santos en adoración.
Un patio pequeño, en el centro del cual hay una fuente, de la que se filtra gota a gota un agua cristalina, es el jardín del prior. Algunas parras alegran un poco la tristeza de las paredes; aquí y acullá crecen algunas flores y manojos de plantas, sin orden ni cuidado, en un desaliño pintoresco. El prior, anciano de rostro noble y melancólico, ataviado con un traje lo más semejante a un hábito -a los frailes no se les permite conservar los suyos-, nos recibió con mucha cortesía; hízonos sentar alrededor del brasero, pues no hacía ningún calor, y nos ofreció cigarros y agua fresca con azucarillos. Sobre la mesa se veía un libro abierto; dirigile una mira y vi que era la Biblioteca cartuxiana, recopilación de todos los pasajes de diferentes autores, en elogio de la Orden y de la vida de los cartujos. Estaba lleno de notas marginales, escritas con esa letra antigua de curas, recta, firme, algo gruesa, que tantas cosas dice al pensamiento, y que un mundano, apresurado y nervioso, no sabría tener. Este pobre fraile viejo, que por compasión vivía en este convento abandonado, cuyas bóvedas se derrumbarán cualquier día sobre su ignorada huesa, soñaba aún con la gloria de su Orden, y con mano temblorosa anotaba en los blancos de las hojas algún pasaje olvidado o recogido recientemente.
Sombrean el cementerio dos o tres grandes cipreses como los de los cementerios turcos; este recinto fúnebre contiene ciento diecinueve cartujos muertos desde la construcción del convento; una hierba espesa y viciosa crece en el suelo, donde no se ve ni una tumba, ni una cruz, ni una inscripción; todos reposan allí confundidos, tan humildes en muerte como lo fueron en vida. Este cementerio anónimo tiene una calma y un silencio que infunde tranquilidad al espíritu; en el centro una fuente llora, con sus lágrimas límpidas como de plata, por todos aquellos muertos olvidados; yo bebi un trago de aquella agua filtrada por las cenizas de tantos santos: era pura y helada como la muerte.
Pero si la morada de los hombres es pobre, la de Dios es rica. En el centro de la nave están las tumbas de don Juan II y de la reina Isabel, su mujer. Es admirable que la paciencia humana haya logrado dar cima a obra semejante; dieciseis leones, dos en cada esquina, que sostienen ocho escudos con las armas reales, les sirven de base. Un número proporcionado de virtudes, de figuras alegóricas, de apostoles y evangelistas, todas ellas cruzadas y entrecruzadas por palmas, hojarasca, pájaros, animales, cordones de arabescos, forman un trabajo prodigioso del que es muy dificil hacerse una idea. Encima están las estatuas yacentes del rey y de la reina, con corona. El rey tiene en la mano el cetro y lleva una vestidura larga, rameada y labrada con una delicadeza inconcebible.
Al lado del Evangelio está la tumba del infante don Alonso. El infante aparece representado de rodillas ante un reclinatorio. Una parra calada, de la que se cuelgan angelotes cogiendo los racimos de uvas, festonea de modo crapichoso el arco gótico que encuadra la composición, medio empotrada en el muro.
Estos monumentos maravillosos son de alabastro y débense al cincel de Gil de Siloé, que también labró las esculturas del altar mayor. A derecha e izquierda de este altar, que es de rara belleza, se abren dos puertas, por las que se ven dos cartujos inmóviles en el sudario blanco de su hábito; estas dos figuras, que probablemente son de Diego de Leyva, producen una gran ilusión al primer golpe de vista. Una sillería de Berruguete completa el conjunto, que nos asombra encontrar en medio del campo desierto.
Desde lo alto de la colina se nos hizo inquirir en lontananza San Pedro de Cardeña, donde se hallan los restos del Cid y de doña Jimena, su mujer. A propósito de esta tumba se cuenta una anécdota curiosa que vamos a referir sin responder de su autenticidad.
Durante la invasión francesa, el general Thibaut tuvo la ocurrencia de trasladar los restos del Cid desde San Pedro Cardeña a Burgos. Era su intención colocarlos en un sarcófago en un paseo público, para que tan venerables reliquias inspiraran al pueblo con su presencia sentimientos heroicos y caballerescos. Añaden que , en un arrebato de entusiasmo guerrero, el honorable general hizo poner a un lado los huesos del héroe para que su glorioso contacto aumentara su valor, precaución que no necesitaba en manera alguna. El proyecto no se llevó a cabo, y el Cid volvió junto a doña Jimena a San pedro de Cardeña, donde reposan definitivamente; pero uno de los dientes que se cayó y hubieron de guardar en un cajón, desapareció sin que se sepa que ha sido de él. A la gloria del Cid no le ha faltado más que ser canonizado; y lo hubiese sido seguramente si no hubiese tenido antes de morir la idea araboherética y malsonante de querer que enterraran con él a su famoso caballo Babieca, cosa que hizo dudar de su ortodoxia. A propósito del Cid, hagamos notar al señor Casimiro Delavigne que la espada del héroe se llama Tizona y no Tizonada, palabra que rima demasiado bien con limonada. Dicho sea todo esto sin que sirva de menoscabo a la gloria del Cid, que, aparte su mérito de héroe, ha tenido el de inspirar a los poetas anónimos del Romancero, a Guillén de Castro, a Diamante y a Corneille.”



Resulta paradójico que, más de un siglo después de que esto se escribiera, otro general, en este caso español y generalísimo por más señas, tuviera similar idea que el tal Thibaut. Aunque esta vez, los restos se trasladaron a más digno y suntuoso alojamiento que el pretendido por el militar gabacho. Los restos se inhumaron, nada más y nada menos, que en el crucero de la Catedral de Burgos, y así se puede leer si uno mira al suelo en el mencionado lugar.
De otro lado, debo corregir a Don Teófilo en lo relativo a los restos del noble animal que soportó el peso del de Vivar. Sus restos reposan junto al monasterio de Cardeña, pero a la intemperie, no en sagrado, como obligan las buenas costumbres cristianas, y así reza en el monolito que, erigido sobre la tumba del celebrado caballo, se puede leer por quien visite tan entrañable lugar, y tenga suficiente curiosidad.


Continúa...

Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (Castilla la Vieja y sus mujeres)

De Vitoria se dirige a Burgos por el paso de Pancorbo, quedando maravillado por la belleza del paisaje que ha podido admirar en el camino, y así continúa:



BURGOS


“De Pancorbo a Burgos cruzamos tres o cuatro pueblos medio en ruinas, algunos como piedra pómez y color de pan tostado, tales como Briviesca, Castil de Peones y Quintanapalla, Dudo que Descamps, en el riñón de Asia Menor, encontrase muros más quemados, más enrojecidos, más pardos, más granujientos, más resquebrajados y descascarillados que éstos. Al pie de estos muros vagaban algunos asnos que no envidiarían nada a los asnos turcos y que Descamps debería estudiar. El asno turco es fatalista, y en su actitud humilde y soñadora se advierte que está resignado a recibir todos los palos que el destino le reserva y que soportará sin quejarse. El asno castellano tiene un aspecto más filosófico y resuelto; comprende que no pueden prescindir de él; es de la casa, ha leido el Quijote y se vanagloria de descender en linea recta del célebre rucio de Sancho Panza. Junto a estos asnos veíanse también perros de casta de una raza magnífica, impecables de patas, cuerpo y cabeza; entre otros, algunos lebreles en el estilo de los de Pablo Veronés y de Velázquez, de un tamaño y de una belleza admirables, sin contar algunas docenas de muchachos o pilluelos andrajosos, cuyos ojos chispeaban entre sus harapos como diamantes negros.
Castilla la Vieja sin duda se denomina así a causa de las innumerables viejas que allí se encuentran, ¡y qué viejas! Las brujas de Macbeth atravesando el brezal de Dunsinania para ir a preparar su infernal banquete, son lindas muchachas comparadas con ellas; las abominables furias de los caprichos de Goya, que yo hasta ahora tenía por pesadillas y quimeras mostruosas, son retratos de asombroso parecido; la mayoría de estas viejas tienen barbas como el queso enmohecido y bigotes como granaderos; y luego ¡hay que ver su atavío! Si se cogiera un pedazo de tela y durante diez años se dedicara una persona a ensuciarlo, raerlo, agujerearlo, remendarlo y hacerle perder su color primitivo, no se llegaría a esta sublimidad de andrajo. Y tales encantos se nos muestran realzados por un aspecto hosco y huraño, bien diferente por cierto de la actitud humilde y dulce de las pobres gentes de Francia.”
Sigue con una descripción de la Plaza Mayor de Burgos, y de algunos personajes que allí le llamaron la atención, para proseguir con la de la fonda en que se alojó, y nos dice así:
“La fonda en que nos albergamos era una verdadera fonda española, en la que nadie entendía una palabra de francés; tuvimos que hacer uso de nuestro castellano y estropearnos la garganta con la abominable jota -sonido árabe y gutural que en nuestro idioma no existe-. Debo decir que nos entendían bastante bien gracias a la extremada inteligencia que distingue a este pueblo. Claro está que alguna vez nos traían una vela cuando pedíamos agua, o chocolate en vez de tinta; pero aparte estas pequeñas equivocaciones, muy perdonables, todo marchó del mejor modo posible. La fonda estaba servida por un enjambre de maritornes desgreñadas que llevaban los nombres más bonitos del mundo: Casilda, Matilde, Balbina; en España todos los nombres son bonitos: Lola, Bibiana, Pepa, Hilaria, Carmen, Cipriana, sirven de rotulo a las criaturas menos poéticas que pueden verse. Una de estas mozas tenía el pelo de un rojo muy subido, color que es muy frecuente en España, donde hay muchas rubias, y, sobre todo, muchas rojas, contra lo que comunmente se cree.”

Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

domingo, 23 de septiembre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (El teatro)

Desde Bergara prosigue el camino, que pasando por Mondragón, le lleva hasta Vitoria, donde llega con la puesta del sol. Tras cenar, decide ir al teatro, y así nos cuenta la experiencia:


VITORIA


"Después de una cena que nos hizo echar de menos la de Astigarraga, se nos ocurrió ir al teatro; al pasar habíase aguzado nuestra curiosidad a la vista de un pomposo cartel anunciando la representación extraordinaria del hércules francés, que habría de terminar por cierto baile nacional, que se nos antojó sería una mezcla de cachuchas, boleros, fandangos y otros bailes diabólicos.
Los teatros en España no tienen generalmente fachada, y sólo se distinguen de las demás casas por los dos o tres quinqués humosos colgados de la puerta. Tomamos dos butacas de orquesta, que se llaman asientos de luneta, y nos internamos valientemente por un corredor cuyo suelo no estaba entarimado ni embaldosado, sino que era sencillamente de tierra. No se preocupan de las paredes de estos corredores mucho más que de las de los monumentos públicos, que ostentan la inscripción: Prohibido hacer aguas bajo pena de multa. Pero tapándonosla nariz herméticamente, conseguimos llegar a nuestros sitios aunque medio asfixiados. Añadid a esto que durante los entreactos todo el mundo fuma, y no será muy balsámica la idea que os podréis formar de un teatro español.
El interior de la sala es, sin embargo, más confortable de lo que prometen los alrededores. Los palcos están bastante bien dispuestos, y, aunque muy sencillo, el decorado es fresco y limpio. Los asientos de luneta son butacas alineadas en fila y numeradas; no hay nadie en la puerta para recoger los billetes, pero al final del espectáculo un muchachuelo viene a recogerlos; a la puerta sólo exigen la presentación de la entrada.
Esperábamos encontrar allí el tipo femenino español, del que aun no habíamos visto más que algunos ejemplos; pero las mujeres, que ocupan palcos y galerías, no tenían de español más que la mantilla y el abanico; esto ya era mucho; pero, sin embargo, no era suficiente. El público componíase en su mayor parte de militares, como ocurre en todas las poblaciones que hay guarnición. En el patio, la gente está de pie, como en los teatros primitivos. Para que este teatro se pareciera al hotel de Borgoña sólo le faltaba una hilera de bujías y un despabilador; pero las pantallas de los quinqués estaban hechas de trozos de cristal dispuestos en cascos y unidos en la parte superior por un aro de latón, cosa que no es tampoco de una industria muy adelantada. La orquesta, compuesta de una sola fila de músicos, que casi todos tocaban instrumentos de cobre, soplaba valientementeen los cornetines de pistón siempre la misma tonadilla, recordando la fanfarria de Fanconi.
Nuestros compatriotas hercúleos levantaron grandes pesos, torcieron muchas barras de hierro, con gran contento de la reunión, y el más ligero de los dos ejecutó una ascensión por la cuerda y otros ejercicios, ¡ay!, demasiado conocidos en París, pero probablemente nuevos para Vitoria. Ardíamos de impaciencia en nuestros asientos, y yo limpiaba el cristal de mis gemelos con una actividad febril para no perder nada del baile nacional. Por fin recogieron los caballetes, y los turcos de servicio se llevaron todos los adminículos de los hércules. ¡Imagínate, lector amigo, la espera impaciente de dos jóvenes franceses, antusiastas y románticos, que van a ver por primera vez un baile español... en España!
Al fin levantóse la cortina, descubriendo una decoración que tenía pretensiones de ser algo misterioso y encantador, por supuesto sin conseguirlo; Los cornetines de psitón sonaron con más furia que nunca la tonadilla susodicha, y apareció el baile nacional, representado por un bailarín y una bailarina, armados de castañuelas.
Yo no he visto nada más triste y lamentable que aquellos dos desgraciados que no se consolaban entre sí.
El teatro de dos cuartos no ha sustentado nunca en su tablado carcomido una pareja más vieja, más desriñonada, más desdentada, más legañosa, más calva y más caduca. La pobre mujer, pintarrajeada con blanquete malo, tenía una tez azul celeste que hacía recordar las imágenes anacreónticas de un cadáver de colérico o de un ahogado poco reciente; los dos chafarrinones rojos que colocara en la parte saliente de sus humedos pómulos para aliviar un poco sus ojos de pescado cocido, contrastaban singularmente con aquel azul; sacudía con sus manos, descarnadas y sarmentosas, unas castañuelas cascadas que castañeaban como los dientes de un hombre que tiene fiebre o las coyunturas de un esqueleto en movimiento. De cuando en cuando, por un esfuerzo inaudito, estiraba los músculos relajados de sus curvas y conseguía levantar aquella pobre pierna vieja, tallada en balaustre, de suerte que producía una leve cabriola nerviosa, como una rana muerta sometida a la pila de Volta, y hacía brillar y fulgir un segundo las lentejuelas de cobre del andrajo sospechoso que le servía de basquiña.
Por su parte, el hombre agitábase siniestramente en un rincón, alzándose y tornando a caer torpemente como un murcielago que se arrastra sobre sus muñones; tenía el aspecto de un enterrador que se estuviese enterrando a sí mismo: su frente, arrugada como la bota de un húsar; su nariz de loro, sus mejillas de cabra, le daban un aire de lo más fantástico, y si en vez de castañuelas hubiese tenido en la mano un rabel gótico, habría podido servir de modelo para el corifeo de la danza de los muertos en el fresco de Bâle.
Todo el tiempo que duró el baile ni una sola vez se miraron el uno al otro; diríase que tenían miedo de su fealdad recíproca y que temían echarse a llorar al verse tan viejos, tan decrépitos y tan fúnebres. El hombre, sobre todo, huía de su compañera como una araña, y parecía estremecerse de horror dentro de su piel apergaminada y vieja cada vez que una figura del baile le obligaba a acercarse a ella. Este bolero macabro duró cinco o seis minutos, al cabo de los cuales la caida del telón puso término al suplicio de aquellos dos desgraciados... y al nuestro.
He aquí cómo se apareció el bolero ante dos pobres viajeros, ansiosos de color local. Los bailes españoles no existen más que en París, como las conchas sólo se encuentran en los comercios de curiosidades y nunca a la orilla del mar. ¡Oh Fanny Elssler, que ahora estás en América entre los salvajes, aun antes de haber estado en España, ya sospechábamos que eras tú la inventora de la cachucha!

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Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

jueves, 20 de septiembre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (El cura)

Desde Astigarraga, pasando por Hernani y Tolosa, llega hasta Bergara, donde ve el primer cura tras pasar la frontera, y lo decribe así:



BERGARA


“En Vergara, que fué donde se firmó el tratado entre Espartero y Maroto, vi por primera vez un cura español. Su aspecto me pareció bastante grotesco, aun cuando yo no tenga, a Dios gracias, ninguna idea volteriana sobre el clero; pero, involuntariamente, la caricatura del Basilio de Beaumarchais se me vino a la imaginación. Figuraos una sotana negra, el manteo del mismo color, y, como coronamiento de todo, un sombrero inmenso, prodigioso, fenomenal, hiperbólico y titánico, del que no puede dar idea aproximada ningún adjetivo, por hinchado y gigantesco que sea. El tal sombrero tiene, por lo menos, tres pies de largo; las alas van arrolladas hacia arriba, y forman, delante y detrás de la cabeza, una especie de tejado horizontal. Es dificil inventar nada más barroco y fantástico; sin embargo, esto no era óbice para que el digno sacerdote tuviera un aspecto muy respetable y se paseara con el donaire de un hombre con la conciencia tranquila respecto a la forma de su sombrero; en vez de babero -rabat-, llevaba un alzacuello azul y blanco, como los sacerdotes de Bélgica.”

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Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Viaje por España, de Teófilo Gautier (La comida)

Tras pasar la frontera por Irún, el viajero pernocta en Astigarraga, donde cena por primera vez en territorio peninsular. En el fragmento que copio aquí, nos describe la cena que le sirvieron, y que, según él, era la "única" que se podía degustar a todo lo largo y ancho de la piel de toro.

Al menos, por lo que dice, no se quedó con hambre. Y es que deberemos reconocer, de ser cierto lo que nos cuenta, que en las posadas vascas se debía comer bastante mejor en 1840 que en la actualidad. Del precio no comenta nada.


ASTIGARRAGA:


"Primero sirven una sopa grasienta, que se diferencia de la nuestra en que tiene un tinte rojizo, debido al pimentón de que la espolvorean para darle color. ¡He aquí por lo pronto, para color local, la sopa coloreada! El pan es muy blanco, muy apelmazado, con una corteza lisa y dorada ligeramente; resulta muy salado para los paladares parisienses. Los tenedores tienen el mango vuelto hacia atrás, las puntas lisas y cortadas como púas de peine; las cucharas también tienen mucha semejanza con una espátula, cosa que no ocurre con la plata de nuestro país. El mantel es una especie de damasco de grano gordo; en cuanto al vino, hemos de confesar que era del más bello tono púrpura que puede verse, tan espeso que podía cortarse, y los jarros en que lo servían no le daban transparencia alguna.
Después de la sopa sirvieron el puchero, plato eminentemente español, o, mejor dicho, el único plato español, pues todos los días se come de Irún a Cádiz, y viceversa. En la composición de un buen puchero entra un gran trozo de vaca, otro de carnero, un pollo, varios pedazos de un salchichón llamado chorizo, cargado de pimienta, pimentón y otras especias, lonjas de jamón y de tocino, y rociado todo con una salsa de tomate y azafrán; esto en cuanto a la parte animal. La vegetal, llamada verdura, varía según la estación; pero las coles y los garbanzos sirven siempre de base; el garbanzo no es apenas conocido en París, y como mejor lo podemos definir es diciendo “que es un guisante que tiene la ambición de ser una habichuela y felizmente lo consigue”. Cada una de estas cosas se sirve en fuentes distintas; pero luego se mezcla todo en el plato haciendo una especie de mayonesa muy complicada y de muy buen sabor. Tal mixtura parecerá un poco primitiva a los gourmets que leen a Careine, Brillat-Savarin, Grinod de la Reynière y de Cussy; pero no puede negarse que tiene un encanto y debe agradar a los eclécticos y a los panteistas. Luego, vienen los pollos, guisados con aceite, pues la manteca es cosa desconocida en España; el pescado frito, truchas o merluza, el cordero asado, los espárragos, la ensalada, y, para postre, pastas de macarrón, almendras tostadas de un gusto exquisito, queso de cabra, queso de Burgos, que tiene una gran reputación, a veces muy bien merecida. Para terminar, presentan una bandeja con vino de Málaga, Jerez y aguardiente, que se parece al anisete de Francia, y un braserillo con fuego para encender los cigarros. Esta comida, con ligeras variantes, se reproduce indefectiblemente en toda España"



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Gautier, Teófilo. Viaje por España, Tomo I. Traducción de Enrique de Mesa. Espasa Calpe, Madrid, 1932

martes, 18 de septiembre de 2007

Meme sobre arte

Victor Vela nos ha nombrado a Anguloscuro y a mi continuadores de este meme, asi que Anguloscuro, reconociendo mi superioridad en el campo del arte, me ha dejado responder a Victor "muy amablemente".

1.- ¿Por qué te gusta el arte?
Lo muy con el arte fue algo accidental. A mi lo que más me interesa es la música, y con eso en mente pretendo estudiar musicología. Pero para ello antes debo cursar dos años de Historia del Arte. Así que despues de un año en la facultad, y tras llevar bastantes años haciendo turismo en verano y viendo las consiguientes obras, he acabado por cogerle gustillo al arte. En un principio lo que más me gustaba del arte era la parte estética, pero una vez que te adentras en el tema, observas que detras de una obra hay muchos más factores por conocer, y que te permiten además una comprensión más completa del arte.

2.- ¿Cuál es tu artista/obra/período favorito?
En esta pregunta voy a responder tanto en la música como en las artes plásticas.
Mi artista "musical" favorito es J.S. Bach. Me parece que fue un músico, que sin salirse demasiado de las reglas establecidas durante el barroco, consiguió una música que dificilmente ha sido superada por otros compositores posteriores, tanto en calidad como en expresividad. Mi obra favorita son las LETANIE LAURETANAE de W.A. Mozart. Me parece una obra que transmite perfectamente el sentido de unas letanias, a parte de ser una delicia para ser escuchadas. Mi periodo favorito es el barroco, tal vez por su tendencia ser siempre muy cantable.
En cuanto a las artes plásticas, mi artista favorito es V. Kandinsky. No tengo ningun argumento claro, simplemente me encantan sus composiciones. Una obra, una ermita visigótica que hay en un pueblo llamado Quintanilla de las Viñas, ya que con su sencillez técnica consigue una belleza increible. Un periodo, el románico, con sus edificios compactos y armoniosos.

3.- Un libro, un disco y un artista para irte a una isla desierta.
Un libro, Contact, de Carl Sagan. Un disco, uno que tengo que incluye el Glorioa en Re de Vivaldi, Stabat mater de Caldara y Magnificat de J.S. Bach. Un artista en una isla desierta..., cualquiera que me diese algo de conversacion jajaja.

4.- ¿Tienes alguna anécdota curiosa con respecto al arte?
Visitando la catedral de Bilbao, yo intentaba explicar a mis acompañantes algo acerca del gótico, pero alguien se enteró de que había un escudo del Athletich de Bilbao pintado en una de las bóvedas (la firma de algún restaurador), y se pusieron a buscarlo pasando absolutamente de mis explicaciones.

5.- Tres adjetivos con los que describes qué es para ti el arte.
Entretenido, pedagógico, expresivo.

6.- Una ciudad y por qué.
Londres, es la única vez que he estado en el extranjeto, y me dejó fascinado.

7.- ¿Crees que está todo inventado en el mundo del arte?
Creo que no, pero también creo que hay artistas que se pasan, llevando la definición del arte a límites a veces insostenibles. Aún así, creo que el arte puede durar tanto como dure la humanidad.

Y ahora nombro a mis sucesores:
El reino olvidado
Gentehistoria
Medrar o el arte de crecer
Ahora y en la historia
Capilla de música de la catedral de Bilbao

viernes, 27 de julio de 2007

Ventanas virtuales en Bilbao..., y vacaciones

Metidos, como estamos, en plena época vacacional, pongo esta curiosidad en el blog, por si algún sufrido lector de este sitio acerca sus pasos por la villa de Bilbao, para que pueda disfrutar con la vista de esta peculiar fachada del Casco Viejo bilbaino, con sus miradores tapiados.

No será necesario desviarse mucho de la ruta de visita covencional, ya que si nos acercamos a ver la portada renacentista del Palacio Arana, en la calle Belosticalle, sólo tendremos que volver la espalda y alzar la vista para comprobar cómo a los vecinos del inmueble que allí se asienta les han censurado la vista de la calle, sin que conozcamos motivo alguno para tal agravio, que viene de antiguo.

Hasta hace pocos años, tal desaguisado se intentaba disimular con el dibujo sobre la pared de unas tristes ventanas virtuales, que no engañaban a nadie. ¿Estarían también figuradas en el interior...?

Tras la restauración del edificio, las pinturas han desaparecido, pero las ventanas siguen tapiadas, como se puede apreciar en la fotografía.

Sus motivos tendrán..., ¿o no?

Aprovecho la publicación de este artículo para despedirme una temporada del blog, hasta septiembre, en que acabarán mis vacaciones. Así que si algún lector es tan amable de dejarme un comentario y no le respondo, que sepa que lo haré a la vuelta.