domingo, 31 de agosto de 2008

Vacaciones y cerveza Duff


De vuelta otra vez de vacaciones, vuelvo a retomar el blog con fuerzas renovadas. No ha sido este año tan productivo como el anterior en lo referente al acopio de nueva bibliografía, pero sí que ha sido un mes pleno de tranquilidad y reposo.
He podido visitar algunos lugares que tenía en la agenda desde hacía tiempo, como Wamba y San Cebrián de Mazote, en Valladolid. También le he dado gusto a la mirada, revisitando algunas de las joyas del románico burgalés y zamorano, y en definitiva, he pasado un relajado y agradable mes de agosto. Lástima que sea, para mi, el mes más corto del año.
Sin embargo, no sé si fruto de tanta relajación y sosiego, o como consecuencia de demasiadas horas dedicadas a la televisión y al sueño, he regresado de vacaciones con una extraña sensación que me desasosiega.
Tengo entre mis recuerdos la extravagante impresión de haber compartido con Homero largas horas de siesta y conversación.
Sé que esto es imposible, que Springfield es un pueblo imaginario y que los Simpson no son más que dibujos animados fruto de la imaginación de Matt Groening. Y estos eran mis pensamientos mientras viajaba de regreso a Bilbao. Llegué a casa convencido de que todo era consecuencia de haber abandonado mi mente a la pereza y la imaginación durante demasiado tiempo, y con este convencimiento me dispuse a deshacer las maletas.
Todo habría quedado en una simple anécdota que antes o después habría olvidado, de no ser porque al abrir el equipaje, me topé con la prueba palpable de que todo había sido cierto. En la maleta me he traído la última botella de cerveza Duff que, al parecer, no nos dió tiempo a deglutir (aunque esto resulte también ciertamente extraño).

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