Desde que el hombre es hombre, la comunicación ha sido un factor determinante de su existencia. Pero la comunicación no es, ni ha sido nunca, algo sencillo. Me refiero a que no siempre coincide la idea que uno quiere transmitir con la que el interlocutor entiende. En primer lugar, encontramos barreras entre los idiomas. Para entendernos entre dos o más personas debemos compartir, al menos, un mismo idioma que nos permita, mediante palabras, exponer nuestras ideas y entender las que nos exponen los otros. Pero aun compartiendo una misma lengua, no siempre nos entendemos unos a otros, y es que en la posibilidad de compartir información intervienen otros factores ajenos al lenguaje. Me refiero a los diversos universos culturales en los que las personas nos movemos, y que influyen en cómo interpretamos las palabras, aunque compartamos un mismo idioma. Las mismas palabras adquieren diferentes sentidos según quién y cuándo las pronuncie, con qué entonación, gesto, etc... Creo que nadie es ajeno a los diferentes modos de expresión entre personas de diferente edad o profesión, incluso en el seno de una misma familia. Pues bien, este fenómeno, habitual en el lenguaje hablado, se repite, igualmente, en el lenguaje escrito.
Pero, a diferencia de lo hablado, lo escrito permanece y, muchas veces, lo que hemos interpretado mal, o directamente no hemos entendido en una primera lectura, puede ser releído y reinterpretado, teniendo en cuenta para ello la intención del escritor, la cual adivinamos en base al contexto general del discurso, considerando además su propio universo cultural. Es decir, intentamos ponernos en su lugar. De esta forma, el buen traductor de textos antiguos, no sólo debe conocer a la perfección la lengua en que se escribieron aquellos, sino que ha de tener profundos conocimientos de la sociedad en que se crearon. La dificultad de esta labor creo que no se le escapa a nadie. De hecho, por poner un ejemplo, todavía se siguen haciendo traducciones de La Biblia, intentando hacer más comprensible su sentido a los lectores.
Sin embargo, cuando escribimos, no siempre lo hacemos de forma extensa con la intención de comunicar ideas complejas. Muchas veces se escriben frases cortas, palabras sueltas, acrónimos, iniciales, siglas, etc... La finalidad con la que se escriben puede ser de muy diversa índole, y su sentido no es siempre comprensible por otras personas. Dejando aparte lo que escribimos para nosotros mismos, generalmente críptico para otros, la comprensión de estos mensajes cortos está íntimamente relacionada con el contexto, habitualmente no verbal, en el que aparecen. Así, no interpretamos igual “HP” si lo vemos escrito sobre una impresora, que si aparece en la propaganda de un coche o en una pintada callejera acompañando el nombre de alguien. De la misma forma, si leemos “RIP” en un panteón contemporáneo, interpretamos “descanse en paz”. Sin embargo, si aparece “RIP X” en una estela funeraria de época romana, aunque los expertos no sepan el significado de la “R” y la “I”, saben que el “RIP” es imposible, con su sentido actual, en aquella época, por lo que interpretan la “P” y la “X” en el sentido de “pedes 10” y dejan sin interpretar el “RI”, o interpretan la “I” como una “L” fallida, con el sentido de “latum”. Parece lógico. Pues bien, si a partir de tres rayas indicativas de santidad, los expertos leen “RIP” sobre un crucifijo en un grafito de Veleia, siguiendo la misma linea argumental anterior, concluyen que es imposible en su sentido actual, pero no le buscan un posible sentido diferente, acorde con la época romana, y concluyen que el grafito es una falsificación. No parece que la interpretación de ambas piezas se haya hecho con el mismo rigor científico. Evidentemente, el contexto, época romana, invita a pensar que tal vez su sentido pudiera ser otro, como “Rex Iudeorum P...” (Dejo el sentido de la “P” al arbitrio del lector, ya que en mi pequeño diccionario de latín sólo hay 70 páginas con palabras latinas que comienzan por “P”, y, además, no es este el objeto de estas lineas). Resulta pues palmario, al menos para mí, que el contexto que permite dar una interpretación unívoca al “RIP”, en el sentido actual de “descanse en paz”, es el contexto de que “lo de Veleia es un fraude”, lo que más que un contexto parece un prejuicio.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención en los informes de la comisión es su concisión. Mientras que piezas mucho menos problemáticas que estas, de otros yacimientos, provocan la escritura de folios y folios por parte de los expertos, en el caso de los hallazgos de Veleia, muchas de las piezas no requieren de más de un párrafo para declararlas falsas de toda falsedad. Es el caso de la pieza sobre la que quiero escribir aquí.
Se trata de la supuesta ficha de juego que porta en una de sus caras un “SI”, y en la otra un “NO”. Debo admitir que, en este caso, el contexto sí invita, al menos en un primer momento, a hacer la lectura propuesta, ya que el “NO” sirve de contexto para el “SI” y viceversa. Las dos caras de la pieza se apoyan mutuamente y se dan sentido, al menos para una persona del siglo XXI. Sin embargo, la pieza ha sido extraida en una excavación arqueológica y se supone que es de tiempos romanos, y según los filólogos el “SI” y el “NO” son imposibles en aquella época, al menos en el sentido que parecen adquirir para nosotros en el contexto de la pieza, uno a cada lado del disco. A partir de aquí, se concluye que la pieza ha de ser falsa, hecha en tiempos modernos.
Sin embargo, yo creo que la pregunta correcta no sería qué leemos nosotros en la pieza, que es evidente, sino qué leería un lector romano. Por lo del contexto. Evidentemente, nunca consideraría la pieza como un disco para jugar al cara y cruz, ya que el sentido afirmativo y negativo de las dos palabras, según los filólogos, era inexistente para ellos. Además, ¿para qué fabricar tal artilugio teniendo monedas a mano que no se rompen al caer al suelo?. En mi opinión, un lector romano nunca habría leído la pieza en la posición que lo hacemos nosotros. Al menos, creo que no lo haría un lector romano que hubiera visto piezas como el pondus romano que pongo en la foto. Se trata de un ponderal romano, fabricado sobre un canto rodado, de dos libras y media de peso según se puede leer en la inscripción y aparecido durante las excavaciones realizadas en el Santuario de la Virgen de la Encina de la localidad alavesa de Artziniega. De esta forma, un lector de época romana, dado el parecido formal que, en mi opinión, tienen ambas piezas, leería seguramente I=Libra/As y S=Semis.

No he tenido nunca una sigillata en mis manos, y no conozco el tamaño de la pieza en cuestión, por lo que no puedo hacerme una idea de su peso aproximado, pero teniendo en cuenta el tamaño del ponderal de Artziniega y su peso, de 775,86 gr., creo que la pieza de Veleia, de ser un ponderal, tuvo un uso diferente al de calibrar el peso de mercancías, como el de Artziniega, ya que su peso, teniendo en cuenta el valor de la libra romana, debería aproximarse a 1/2 Kg., y por tanto su tamaño estaría desproporcionado con lo que se intuye en la foto. De esta forma, creo que debemos interpretar la “I”, o barra vertical, como simbolo del As, por lo que la utilidad de la pieza sería la de medir el peso de monedas o pequeñas piezas de metal. Por lo que he podido indagar en la red, de ser así, el peso de la pieza debería rondar los diez gramos, lo que, intuitivamente, sí parece aproximarse al posible peso de la pieza.
Desde mi ignorancia, desconozco si existen paralelos para artefacto tan rudimentario. Aunque he podido comprobar la existencia, en tiempos posteriores, de este tipo de pondus o exagias, son mucho más lujosos y aparentes que este de Veleia, aunque siguen manteniendo cierto parecido formal con él. Lo del lujo no creo que sea un gran problema, ya que tampoco encuentro paralelos para ponderales de piedra como el de Artziniega. La información que he podido recabar en la red sobre pondus romanos, usados como medida de peso, se refiere siempre a piezas de materiales nobles, como el bronce o el plomo. Esto, de todas formas, no es tampoco muy relevante, ya que mis medios y posibilidades de investigación son bastante limitados.
Otra pregunta que me surge es ¿por qué As y medio?. Por lo que he podido indagar, no existen monedas romanas con este nominal. Sin embargo, se me ocurren dos hipótesis que pudieran quizás explicar la utilidad de esta ponderación. En primer lugar, podría ser el precio habitual de algún tipo de mercancía, lo que unido a la escasez de circulante o a su deplorable estado de conservación, obligara a pesar las monedas o trozos de metal para calcular su valor. Es de sobra conocida la circulación de moneda partida. La segunda hipótesis, seguramente más probable, es que, a causa de sucesivas devaluaciones, existiera circulante con mayor valor que su nominal, y que tal valor fuera exigido por sus propietarios en las transacciones comerciales, por lo que fuera necesario comprobar su peso. En este sentido, pueden resultar ilustrativos los ases de Tiberio y Caligula encontrados en Segóbriga, y que llevan la contramarca “IS” que, según Almagro Gorbea, A. Balil interpreta como “I = As y S = Semis”. Teniendo en cuenta la gran abundancia de ases dentro del conjunto de hallazgos monetales de época altoimperial romana en el Pais Vasco, y la supuesta longevidad del numerario, quizás no sea esta una hipótesis descabellada. Ir más allá de aquí supera mis posibilidades.

Pero la información recogida hasta ahora de la pieza no es completa, ya que el As podía ser de dos aleaciones distintas. Podía ser de bronce o de oricalco (latón), presentando en cada caso un peso diferente. En este sentido, se esperaría que la pieza informara del tipo de material al que se refería su peso. Esta información creo que la proporciona la cara no leída hasta ahora de la pieza, donde supuestamente pone “NO”. Interpreto que un lector romano no tendría mayores problemas para leer la “O” como referida al oricalco y la “N” a “nummus”. Es decir, “moneda de oricalco”.
BIBLIOGRAFÍA
Cepeda, Juan José. La romanización en los valles cantábricos alaveses. El yacimiento arqueológico de Aloria. D.F.A, Vitoria-Gazteiz. De las fotografías: César San Millán, Juan José Cepeda, , Quintas fotógrafos, Paisajes españoles
Vidal Bardan, José Mª. Las monedas de Segóbriga y Ercávica en el museo Arqueológico Nacional de Madrid. En red
Almagro Gorbea, Martín. Nuevo ejemplo de la contramarca “IS” sobre un as de Segóbriga. En red
Cepeda Ocampo, Juan José. La circulación monetaria romana en el Pais Vasco. En red
Tesorillo.com
Lechuga Galindo, Manuel. Un ponderal bizantino hallado en Cartagena. Anales de prehistoria y arqueología, 5-6 1989-1990 Secretariado de publicaciones-Universidad de Murcia. En red