martes, 5 de febrero de 2008

La toma de la fortaleza de Auricula (Colmenar de Oreja) por el Emperador Alfonso VII



En el año decimotercero del imperio del emperador Alfonso, el propio emperador, viendo que el Señor le había concedido descanso de todos sus enemigos por todas partes, tras tomar consejo con sus consejeros particulares, mando a dos jefes militares suyos, a saber, a Gutierrez Fernández y a su hermano Rodrigo Fernández, que era el más importante entre los alacaides de Toledo, que cada uno de ellos con su ejército y con todos los caballeros y peones que había en Toledo y en todas las ciudades que están en la Transierra y con todos los habitantes de Extremaduraentera asediasen el castillo llamado Oreja. Y se asedió en el mes de abril.
Después el emperador, reunido el ejército de toda Galicia, del territorio de León y de Castilla y grandes tropas de peones, marchó a Oreja y rodeó el castillo con grandes trabajos de fortificación. Pero en el interior de la fortificación del castilloestaba aquel caudillo arriba mencionado, llamado Alí, aquel asesino de los cristianos y de los caudillos que murieron en la Transierra, con una gran muchedumbre de peones, ballesteros y caballeros moabitas y agarenos. El castillo estaba muy fortificado y bien protegido con toda clase de armas y ballestas. Mas el emperador ordenó a sus especialistas construir máquinas y numerosos ingenios con los que asaltar el castillo, mandó poner guardias a lo largo de la orilla del río para matarlos de sed y mandó colocar un mantelete sobre un lugar en el que los musulmanes sacaban agua a escondidas.
El rey Azuel de Córdoba, Avenceta, rey de Sevilla, y Avengania, jefe del ejército de valencia, al oír esto, se entristecieron y se alteraron mucho y convocaron a los demás reyes, príncipes y caudillos, a todo el ejército y a todos los peones que había en todo el territorio de los agarenos y a una gran muchedumbre de las islas del mar. Y les llegó en su ayuda otro gran ejército de moavitas y árabes que les envió el rey Texufín de Marrakech y se unieron a ellos grandísimos tropeles de peones que se llaman “azecutos”, que seguían a las grandes caravanas de camellos cargados de harina y de toda clase de alimentos que pueden comerse. El número de caballeros era casi de treinta mil, y era incalculable el número de peones y ballesteros.
Levantando de Córdoba el campamento, vinieron por el camino real que conduce a Toledo, llegaron a los pozos de Algodor, allí se asentaron, pusieron numerosas emboscadas ocultas y con ellas a Avengania, rey de Valencia, junto con todo su ejército y les ordenaron y dijeron: “Si el emperador nos saliera al encuentro para pelear, vosotros subid al campamento por el lado contrario, matad de un tajo de espada a todos los guerreros, quemad el campamento y proteged el castillo con caballeros, peones, armas, toda clase de alimentos que pueden comerse y que entre nosotros están en nuestros camellos, y con agua. Después seguidnos adonde sabéis que estamos. Nosotros iremos a Toledo y allí esperaremos al emperador para pelear”.
Pero los exploradores del emperador se presentaron en el campamento ante él y le contaron las decisiones y asuntos de los musulmanes en presencia de todos sus magnates, nobles y duques, y, aceptado el consejo divino de que no salieran a luchar contra los musulmanes, sino que los esperasen en el campamento, que el castillo se perdiera***. Pero el grandísimo ejército de los moabitas y de los agarenos fue a Toledo y atacó enfrente de San Servando, mas sus altas torres no sufrieron daño. Sin embargo, destruyeron una torre que estaba frente a San Servando y murieron en ella cuatro cristianos; y muchos de ellos marcharon a Aceca, pero allí no causaron ningún daño.
Después destruyeron las viñas y arbustos , pero en la ciudad estaba la emperatriz doña Berenguela junto con un gran tropel de caballeros, ballesteros y peones, que permanecían en las puertas, en las torres y en las murallas de la ciudad y la defendían. Al ver esto, la emperatriz envió a los reyes de los moavitas mensajeros que les dijeron: “La emperatriz, esposa del emperador, os dice esto: ¿No veis que luchais contra mí, que soy una mujer, y esto no os honra? Pero si quereis luchar, id a Oreja y luchad con el emperador, que os espera con sus lineas armadas y dispuestas”. Al oír esto, los reyes, principes y caudillos y todo el ejército levantaron sus ojos y vieron a la emperatriz que estaba sentada en el trono real y en un lugar apropiado sobre una alta torre, que en nuestra lengua se llama alcazar, engalanada como la esposa de un emperador y con un gran tropel de mujeres honorables a su alrededor cantando con tímpanos, cítaras, címbalos y salterios. Y los reyes, príncipes y caudillos y todo el ejército, después de verla, se asombraron, se avergonzaron muchísimo, inclinaron sus cabezas ante la presencia de la emperatriz, retrocedieron, después no causaron ningún daño y regresaron a su territorio sin honor ni victoria, tras unirse a ellos sus emboscados.
Entre tanto el emperador mandó poner guardias a lo largo de la orilla del río para que los musulmanes no sacasen agua, con el fin de matarlos de sed, y pusieron un mantelete sobre un lugar en el que sacaban agua a escondidas. Pero los moros se lanzaron fuera del castillo y prendieron fuego al mantelete, porque lo encontraron sin vigilancia. Por otra parte, a los que estaban en el castillo se les impedía salir o entrar, pasaron mucha hambre y muchos de ellos murieron de hambre y sed, porque las cisternas que había dentro se vaciaron y no conseguían agua por ningún medio. Entonces los especialistas del emperador acercaron las máquinas y ballestas al castillo y comenzaron a destruir las torres.
Al ver esto Alí, tras tomar una determinación con los suyos, envió mensajeros al emperador diciendo: “Tómanos como aliados y concédenos una tregua de un mes, para que de nuevo enviemos mensajeros al otro lado del mar a nuestro rey Texufin y a todo el territorio de los agarenos. Y si no hubiera quien nos defienda, saldremos ante ti y te entregaremos el castillo de tal modo que nos dejes marchar en paz a nosotros y todas nuestras pertenencias a Calatrava, ciudad nuestra”. El emperador les respondió: “Haré con vosotros un pacto en las siguientes condiciones: que me deis quince rehenes nobles de todos los vuestros, exceptuado el rey Alí; y si no hubiera quien os defienda, devolvedme el castillo, queden en él las ballestas, todas las armas y todos los bienes reales y llevad con vosotros vuestros bienes personales; y además loa cautivos cristianos que están en vuestra cárcel se alimenten de mi mesa por medio de mis servidores e igualmente permanezcan junto a mí”. Y, muy a su pesar, esto complació a Alí y a los suyos, entregó los rehenes, se enviaron a Toledo bajo vigilancia y prometió bajo juramento cumplir todas las condiciones, como arriba se ha escrito, y agradó al emperador.
Así pues, los mensajeros marcharon al otro lado del mar al palacio del rey Texufín, que reinó en sustitución de su padre Alí, y le dieron a conocer todo lo que habían hecho los reyes que estaban en el territorio de los agarenos y todo lo que había sucedido en el castillo. Tras escucharles, él, sus príncipes, caudillos y todo su palacio quedaron consternados, porque no les salían las cosas tal como habían deseado. Y los mensajeros, no encontrandoningún consuelo en el palacio del rey Texufín ni decisión en los reyes que estaban en el territorio de los agarenos, regresaron a Oreja y dijeron a Alí y a los que con él estaban, por boca del rey Texufín y de los demás, que no alimentasen ninguna esperanza y que entregasen el castillo al emperador.
El último día del mes, muy de mañana, se entregó el castillo, se llenaron de caballeros cristianos las torres y se izaron los estandartes reales sobre una torre alta. Y los que portaban los estandartes gritaban en voz alta y decían: “¡Viva Alfonso, emperador de León y Toledo!”. Al oir y ver esto, los obispos, el clero al completo y todos los que estaban en el campamento, levantaron sus manos al cielo y entonaron el “Te Deum laudamus, te Dominum confitemur”, etcétera.
Por su parte, Alí y todos los que estaban con él salieron del castillo llevando consigo sus objetos personales y dejando en el castillo, en manos de los cristianos, a los cautivos cristianos y todos los bienes reales. Se presentaron al emperador y el emperador los recibió en paz, estuvieron con él en el campamento durante algunos días y les fueron entregados los rehenes. Después de esto los dejó marchar a Calatrava, y con ellos a Rodrigo Fernández para que los protegiera, puesto que los toledanos querían matarlos.
El emperador Alfonso sitió el castillo en el mes de abril y lo tomó en el mes de octubre del año 1139, y desapareció la afrenta y la mayor guerra que había tenido lugar en el territorio de Toledo y en toda Extremadura. A continuaciónel emperador mandó fortificar el castillo con un destacamento de caballeros y peones, con ballestas, máquinas y toda clase de armas, con agua y todo tipo de alimentos que se pueden comer, y todo el ejército, sus jefes militares y caudillos regresaron cada uno a sus casas cantando y alabando a Dios, porque se logró una gran victoria a manos de su siervo el emperador Alfonso.
Tras esto el emperador determinó ir a Toledo. Y como todo el pueblo hubiese oído que el emperador llegaba a Toledo, todos los nobles de los cristianos, musulmanes y judíos y la multitud entera de la ciudad salieron lejos de ella a su encuentro con tímpanos, cítaras, salterios y toda clase de instrumentos musicales, cada uno de ellos alabando y glorificando en su propia lengua a Dios, que favorecía todas las acciones del emperador, y diciendo: “Bendito el viene en nombre del señor, bendito tú, tu esposa, tus hijos y el reino de tus padres, y bendita tu misericordia y tu paciencia”. Y lo condujeron al interior de la ciudad por la puerta de Alcántara.
Dentro el arzobispo de la iglesia de Toledo, Raimundo, junto con una gran procesión de clérigos y monjes salió a la plaza de la ciudad, recibió al emperador y marcharon con él a la iglesia de Santa María cantando y diciendo: “Teme a Dios y observa sus mandamientos”, y lo que sigue. Una vez dada la bendición, el arzobispo se retiró, en tanto que el emperador fue recibido en el alcázar y en los palacios reales y estuvo allí durante algunos días. Después fue a las ciudades de Toledo y a sus castillos, eliminó a los impíos y todos los obreros de la iniquidad que había en Extremadura entera se inquietaron. En su mano se encauzaron la salvación, la misericordia, la paz y la virtud, y todos los que estaban en todo su reino se alegraban con todos sus actos.”
Pérez González, Maurilio. Crónica del Emperador Alfonso VII. Universidad de León, León, 1997

2 comentarios:

Drancos dijo...

Uno a veces echa de menos la lectura de este tipo de fuentes, preciosas y que hablan por sí mismas. Una alegría leer este fragmento aquí.

Saludos

Anguloscuro dijo...

Me alegro que te haya gustado, Drancos.
El motivo de publicarlo se relaciona con un futuro artículo sobre la vida de un personaje que debió participar en estos acontecimientos.
Un saludo.